En el “departamento móvil” vive la mitad de año y lo estaciona en medio del campo. Conocé su historia.

Los crianceros neuquinos son unos de los pocos nómades que quedan en el sistema productivo actual. Viajan con centenares de animales en búsqueda de agua y alimentos, gambetean los climas más hostiles y el trueque sigue siendo, en muchos casos, la forma de subsistencia. En muchos aspectos, parece que viven en otro milenio. Como es el caso de Miguel el “Cabo” Rain que mantiene las costumbres de la trashumancia, pero lo hace de una forma más cómoda: en una casa rodante. Ahora, la tiene estacionada en su puesto de invernada que queda a 15 kilómetros de Ramón Castro.

Para llegar a verla, hay que tomar la ruta provincial 34, cerca de Zapala. Hacer un total de 20 kilómetros desde la Ruta 22 hasta un nuevo cruce, en donde hay tres huellas de autos. Dos que se pierden en la montaña y una tercera que va a la casa del Cabo. De ahí, dos kilómetros adentro en el campo hasta llegar a la puerta de su predio.

Si te detenés en la tranquera, observás la casilla junto a dos pequeñas estructuras de cemento de 4 metros cuadrados. Una es el dormitorio y la otra la cocina-comedor. Sin pasillo, ni techos. Para ir de la cocina al baño, tiene que salir a la intemperie.

Al llegar a ese lugar, perdés noción de que pasaron 220 kilómetros de la última arboleda, en Senillosa. Te mimetizás con el ambiente seco, pastizales inflamables y mucha tierra. El crujir del viento le gana a los gritos de las chivas que están en el corral. La tierra que se levanta achina los ojos de los turistas. Todo es campo, menos esa casilla.

Vengan, pasen por acá”, gritó desde su comedor el Cabo, con una sonrisa. En la hornalla, el agua hierve en una lata, que alguna vez contuvo duraznos. Entre palabra y palabra, ceba un mate, lo toma y no se quema. “Esto me ayuda a pasar los fríos que en esta época duelen”, contó.

Desde la pequeña ventana observa el corral donde están sus chivas. Entre estas paredes pasa las temperaturas más frías del año.

-> El día a día del criancero

De los doce meses que tiene el año, el Cabo vive en tres lugares distintos. Tiene uno para pasar el invierno, otro para la época de parición -que va de septiembre a diciembre- y el tercero, la veranada, que la hace de diciembre a abril en la zona de cordillera. Siempre depende del clima y el frío que haga porque una nevada en un lugar inseguro puede matar el trabajo de todo un año.

En abril llegó al puesto en el que está ahora. Tiene a sus familiares cerca e intenta bancar las bajas temperaturas. Ya en septiembre parte con su camioneta, tres caballos, la casa rodante y las 300 chivas. Lo hace solo, sin nadie más.

Reconoce que la soledad es una de las condiciones de vivir en el campo y la disfruta. Cuando debe ir al centro de Ramón Castro, la localidad más cerca de su invernada, se siente encerrado. Las 46 casas y las 146 personas que viven en el pueblo lo ahogan. “Es que mirá donde vivo, no hay nada y tengo todas las libertades”, contó, entre mate y mate.

Hace algunos años, conoció esta forma de viajar con una casa rodante y le simplificó la vida. Es que los otros dos puestos durante el invierno no habían soportado las bajas temperaturas y el mal tiempo. El Cabo llegaba y tenía que reconstruirlo.

Es por eso que desde hace algunos años, ya consiguió este “departamento móvil”. Llega al campo, lo estaciona en algún reparo y lo deja ahí hasta que le toque volver a moverse. “La verdad que es una comodidad”, agregó.

Dentro de la casa rodante tiene espacio para que duerman seis personas. Dos en una cucheta que hay en el ingreso y los otros cuatro en dos camas de dos plazas: una al fondo, como una habitación, y la otra que se arma bajando la mesa del comedor. Compacto y cómodo. “Para mí me alcanza y me sobra, si estoy yo solo”, contó entre risas.

Sabe que estos meses son los peores porque el frío es lo que más sufren los crianceros. La radio es su fiel compañera y las pilas se podrían intercambiar como monedas de valor. “Me puedo olvidar el cuchillo o cualquier otra cosa, pero este aparato y las pilas, no los dejo ni loco”, describió.

En sus dos casas, la de cemento en la que vive en el invierno y en la que es móvil que pasa el resto del año, tiene colgados más de un calendario. Cada uno tiene círculos en fechas particulares y cruces en los meses que va tachando. Siempre viven el día a día, esperando que llegue la próxima temporada. “Así vivimos los del campo”, aseguró, tras contar cómo es vivir en el milenio pasado, con algunas comodidades.